viernes, octubre 16, 2026

La oficina de objetos perdidos

 En la oficina de objetos perdidos

hay unas llaves que no abren los ojos,

hay un paraguas de prensa amarilla

y una baraja con cartas marcadas.

En la oficina de objetos perdidos

hay unos guantes con huellas del muerto

hay unas gafas que ven y no sienten

y hay un zapato sin pies ni cabeza.

En la oficina de objetos perdidos

hay un tratado de buenas maneras,

hay un teléfono móvil del crimen

y hay un abrigo con piel de cordero.

En la oficina de objetos perdidos

hay un reloj que no marca las horas

hay una esponja que bebe los vientos

y una bufanda de cuello de cisne.



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Un tornillo

 A veces me siento un tornillo

brotando en un campo de amapolas;

metálico, herrumbroso;

vacilante.

en tanto las flores crecen

con la lluvia

o se mecen 

con el viento,

me oxido en espiral

desatornillando la tierra,

hasta desprenderme de ella

pues jamás tendré raíces.

Y en tanto algunas 

otorgarían un opiáceo placer,

yo no llegaría más allá

de sostener un cuadro 

a la pared en que decora.

A veces sospecho,

profundamente,

que no debería estar aquí.

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Era un invierno frío

 Era un invierno frío,

de aferrarse con ambas manos

a la taza de café,

de anclarse a la franela

bajo el edredón,

de eternas e hirvientes duchas

prolongadas,

por miedo a salir húmedo y desnudo,

vulnerable.

Era un invierno

de reventar las puertas del infierno

y pedir asilo político

hasta que vinieran tiempos mejores.

Era un invierno despiadado y,

lo peor,

es que sucedió en pleno agosto,

justo a la hora 

en que nos dijimos adiós.

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Hablando solo

 Me vuelvo a despertar hablando solo

y no hay ningún sentido funcionando;

los cinco ya serían los catorce

que marco en mi quiniela de los lunes.


El viento se ha metido en mis entrañas

helando sin amor cada resquicio,

soplándome respuestas de un examen

que llevo suspendiendo media vida.


Conozco el mecanismo rutinario

que rige el laberinto de mi incendio

en medio de marchitos extintores.


Lo sé, ya me lo han dicho las arañas

y el eco de mi arteria pusilánime:

el sueño va a pillarme hablando solo.






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Ángel exterminador

 Con la espada flamígera en la mano

saldría justiciero en la mañana:

igual que aquel D-Fence de Michael Douglas

un ángel de exterminio controlado.

A aquel que se recrea en doble fila,

a aquel que vocifera por las calles,

a aquel que deja mierdas por el suelo,

a aquel tan especial que no hace cola...

iría seccionando

cabezas por doquier;

aviso a navegantes

gamberros e inciviles.

Me dice mi psiquiatra

que soy muy vengativo;

el tipo es muy gracioso...

y me las va a pagar.


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Estado de amor

 Queda instaurado el estado de amor:

todos los seres

humanos, o casi,

están obligados

según se legisla

a dar amor, afecto o cariño,

en la medida que sea,

al menos a una persona de su elección.

Sepan que en caso

de rebeldía absoluta,

de apegos raquíticos

y miseria emocional

habrá fuertes multas,

sanciones y castigos,

a saber:

se condenará a caricias

a aquel insurgente

que niegue ternura;

con pena de besos

a aquellos que sientan

con cuentagotas;

y tendrán abrazos forzados

los pobres de espíritu

sin sentimientos

ni un atisbo parecido

de humanidad.

Si esto no fuera suficiente,

a todo aquel amargado pertinaz

que no pueda transmitir 

algo a un semejante,

le será asignado un perro de oficio,

o un gato,

para que aprenda un poco de bondad

de la que muy bien son expertos los animales,

antes de ser condenados

al aislamiento más absoluto

a perpetuidad,

por su insensibilidad manifiesta.


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Quisiera ser

 Quisiera ser 

el que veía mi madre,

el que admiraron mis hijos,

el que idolatra mi perra.

Querría ser tan noble y repeinado,

tan listo, tan capaz,

tan cariñoso,

como salía en la película

de sus pupilas,

hasta que las cerró para siempre

con el cartel de "The End".

Querría ser tan fuerte

e invencible,

y quizás abigarrado 

como era en los dibujos 

que hacían en el cole,

y desatar las risas

incontenibles

que había antes de que crecieran.

Querría ser el dios

que lame incensante,

proveedor de alimento

de caricias y paseos.

No sé si son sus ojos,

o el tiempo,

o quizá la miopía inoperable

que llevo por dentro.




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El viento

 Que el viento no susurre más tu nombre,

que grita cada día con más fuerza;

hoy mismo se diría que los árboles 

se quieren desprender de sus raíces

y ser llevados lejos, 

arrastrados

por ecos de esa voz incontenible. 

Que el viento no me brame por las noches,

con aires de grandeza innecesaria;

me niego a que me imponga tu sonido,

me niego a respirarte si me obliga,

me niego a estar rodeado

de esa atmósfera viciada

por el tóxico dictado del vocablo

que el viento vocifera

al llamarte.


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Burbujas

 Una burbuja grávida,

un hogar dramatizado,

la cúspide del podio de los mundos,

medalla de oro en las rutinas,

en las multas,

en la depresión,

en lo inadmisible que parece

que no haya leche sin lactosa,

que el cortado llegue frío

o que se haya colado un tipo en el parking

que, probablemente,

va lastrado con sus propios problemas

tal vez intrascendentes.

Una pesada pompa,

una frágil frontera con lo humano

que aísla a las personas de las pieles,

a las mangas de los abrazos,

a las braguetas 

de la dulce comunión de los sentidos,

a los ojos de las cómplices miradas

y los guiños.

Un glóbulo tan grave,

tan trascendente,

en el que todo tiene tal importancia

que un día, la tierra

se abre antes nuestros pies

y todas las nimiedades desaparecen;

bajamos dos peldaños

en el podio

y ya somos tercer mundo.


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Eternidad

 Y el dios miró hacia abajo, deprimido,

el día que nacía en los humanos,

activos, proletarios y optimistas,

alguno incluso orando hacia los cielos.


Miró con la desgana de milenios

cansado de expresiones de esperanza,

incluso en los incautos

que aquella misma tarde

tenían que morir.


Y en cambio el viviría para siempre,

contando amaneceres repetidos,

sin otros incentivos que observar

a estúpidos humanos,

castigarles

y oírles las plegarias,

tapándose la cara con la mano,

hastiado de las quejas pusilánimes,

de vidas diminutas y mediocres.


Los dioses nunca acuden al psiquiatra,

y a veces padecía depresiones,

en forma de epidemias,

guerras y desastres.


Mas luego la conciencia le afligía,

culpándose de hacer que los humanos

pagaran su deseo inalienable

de darles la razón

a algunos

y no existir.

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Magia blanca

 El hechicero de gafas y bata blanca

le daba pura magia encapsulada

y el rito resultaba bien sencillo.

Un vaso, agua, una lengua,

sin más conjuro 

que el ruido al tragar de la garganta.

Cerrar los ojos y esperar:

al fin de los problemas,

al cese de las voces,

al mundo detenido;

al cuero del bozal para emociones,

al filtro de la puta taquicardia,

a aquella colchoneta tan mullida,

al fondo del abismo,

volviendo las caídas un suceso,

quizás irrelevante,

y a veces tan inocuo.

Las cápsulas de magia incomprensible

que hacían el trabajo,

la trágica tarea,

de aquellos sortilegios misteriosos

que no aprendió de niño,

quizá porque sus padres insistían

en darle la hamburguesa masticada.


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Celdas

 Andábamos absortos por el mundo

en cárceles portátiles y aladas,

tomándole cariño a los barrotes

y amando los cerrojos y sus llaves.


Las alas que brotaban de las lágrimas 

con plumas inflamables y plomizas

volaban ellas solas a lo lejos

diciéndonos adiós sin apetito. 


Y entonces se abrieron

las puertas del cielo 

y todos corrimos

a cerrarlas.

Y tantos suspiros, 

globales, sincrónicos,

tornaron en un huracán. 


Y allí, parapetados en las celdas

inmunes a los vientos indomables

miramos a la cámara sonriendo,

e hicimos un morrito para el selfie.


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Inspiración

A veces sin quererlo pulsas teclas

que siembran mi cabeza con palabras;

germinan y dan frutos impensables

que cuesta imaginar que fueran míos.


Instalas ventanales en mi mente

que orean y ventilan mis creencias,

arrojas luz y todo está más claro

filtrado en aquel orden inaudito.


Y encuentro los versos

cosidos con hilos

que tejes con una mirada.

Y hay música puesta,

la orquesta  que dice

que un día debemos bailar.


Y todo está en el sitio conveniente,

el sitio en el que dejas las semillas

discretas, donde yo pueda encontrarlas

y escriba una canción que un día sea

la banda sonora en nuestros besos.


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Reciclaje

 Observo las basuras

quizá con cierta envidia.

Algunas han cumplido

con un ciclo vital.

En cambio los cartones,

los plásticos, los sobres,

los versos de un amante,

los avisos de embargo,

las botellas de vino

de cenas con velitas,

las notas de los niños,

el informe del médico,

la carta de despido

o el papel de regalo

esperan otra vida,

comienzos desde cero,

volviendo redimidos

después del reciclaje.

Por eso siento celos

y a veces echo en falta

algún contenedor

para humanos usados.

Quizás así pudiera

sentirme renacido

y hacerme la ilusión

o acaso la esperanza

de comenzar de nuevo

a cometer errores.




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Vivo o muerto

 Yo creo que en el fondo no estoy muerto,

si acaso, me he dormido en mi cadáver;

el aire se ha cogido vacaciones

dejando a mis pulmones en el paro.

Yo creo que en verdad no estoy difunto

aunque hoy tenga latidos de fogueo,

o en huelga de ventrículos caídos

y exhaustos en el campo de batalla.

Yo creo que aún estoy entre vosotros

y el caso es que a menudo tengo dudas

que están en la otra cara del papel.

Por mucho que trabaje, gaste y vote,

por mucho que tribute y que consuma

no sé sinceramente si estoy vivo.

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Conste en acta

 Yo sé que algunas veces sin quererlo

has puesto tus sonrisas a mi nombre;

quizá tan solo fueran las migajas

que le lanzas distraída a las palomas.


El caso es que son todos mis ahorros,

el mísero montante de mi cuenta,

la escasa gasolina en el depósito

en tiempos de escasez de carburante.


Y no voy a caer en la bajeza

de hablarte de los rasgos evidentes

que ves todos los días en tu espejo.


Me quedo con que conste en los papeles

que alguna vez tus labios se curvaron

y fueron para mí por un instante.

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No perder los papeles

Hay estudios que sostienen

que una tortura intangible,

un goteo persistente,

un taladrar impalpable,

un martirio innecesario,

una muerte exasperante,

una cuchilla en el alma,

un desangrar perezoso,

un enfermar en domingo,

una punzada alevosa

o, quizá, si nos apuran

un navajazo al espíritu,

no serán, ni por asomo

heridas tan lacerantes

como aguantar cada día

siete horas sin descanso

una lengua viperina

llena de mala intención,

con las entrañas podridas

y ponzoña en la palabra,

y conseguir, sin embargo,

aferrarse a la templanza

y no perder los papeles.


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Vida de un lápiz

 He sido sólo un lápiz de grafito

y he escrito centenares de palabras;

algunas esfumadas por la goma

y el resto conservadas para siempre.


Hollé desde las páginas de un diario,

a humildes servilletas de papel,

siguiendo directrices de un dictado

o en vuelos de una mente fantasiosa.


A veces fui culpado en la sequía,

tal vez porque esperaban que salieran

ideas deslumbrantes de mi punta.

Por ello fui mil veces mutilado,


por crueles sacapuntas implacables.

Por ello ya mi vida se consume,

no queda más carbón en esta mina,

no quedan más promesas que anotar.



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Sufrimiento

 Te quejas sin sentido a la cajera

pues no hay otro color para las mallas

que vas a utilizar cinco o seis veces

antes de borrarte del gimnasio.

Te quejas si la sopa estaba sosa,

me dices que el tartar va poco hecho

y corres a poner una reseña

en Tripadvisor

que advierta a los clientes del futuro

(que igual que tú

se la cojan

con papel de fumar)

que no deben comer en este sitio.

Te quejas de ese tráfico infernal

de que haya tanta gente

que ha decidido

ir al mismo lugar

el mismo día.

Te quejas del aire

del sol, de las mareas,

del viento, de la lluvia,

de la tierra que pisas,

de la presión de mis caricias,

del exceso de pasión

que pongo al penetrarte,

de lo que duran tus orgasmos,

del volumen de la música,

de la mosca

que golpea en el cristal,

buscando una salida

probablemente

por no escucharte,

y pienso,

que quizá sería humano

que te practiquen la eutanasia

y que dejes por fin sufrir.




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Promesas

 El eco de tu voz recién escrita

tronó como un disparo entre las nubes

y atadas a ese hechizo inmarcesible

se unieron en empíreo parlamento.


Los nimbos retumbaron en su tesis,

los cirros escucharon muy callados,

los cúmulos, según sus circunstancias,

y viose algún estrato disidente.


Y al fin, hubo un estrépito,

relámpagos radiantes,

y el cielo ennegrecía por momentos;

la lluvia convocada

manó con gran violencia

bañando e inundando los caminos.

Fue entonces que supimos la verdad;

que todas tus promesas imprudentes,

tu pérfida dicción falsificada

tan solo era un falaz papel mojado 



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...y Cristo regresó, como dios manda...

 ...y Cristo regresó, como dios manda,

y vio que casi nadie le esperaba;

a muchos les sonaba a cuento chino

y al resto no lograba convencerles.


Se vio sin más opción que hacer milagros

y estuvo trending topic varios días;

salió en algún late night de gran audiencia

y siempre preguntaban por el truco.


"Convierte este Big Mac en una pizza"

pedían desde el público los niños

e incluso le pidieron unos selfies

con cierto ilustre VIP del reguetón.


Rogó comparecer ante la ONU

y obtuvo cita dentro de dos meses;

en cambio, le ofrecieron ser la estrella

de alguna compañía de seguros.

 

El papa lo trató como un rival

capaz de arrebatarle el monopolio

y pronto se olvidaron de su vuelta

tras un nuevo despecho de Shakira.


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El cielo no me da más que disgustos

El cielo no me da más que disgustos

e insiste en cercenar mi expectativa;

tan solo caen gotas de año en año

o a veces una tímida nevada.

 

Si acaso el armazón de algún satélite

que vuelve a casa lleno de respuestas,

o puede que la arena del desierto

que tiñe de rojizo la ciudad.

 

Y yo, que miro arriba me resigno,

sabiendo de lenguajes inventados,

de músicas tribales machaconas,

de míseros políticos inútiles;

 

de tóxicos que infectan el ambiente,

del precio demencial del carburante,

del vil absolutismo empresarial

o el hijo que dejamos a este mundo.

 

Saludo con tristeza a las Perseidas

y a todo el que se ve pasar de largo,

pensando que tal vez llegue ese día

que traiga un meteorito y nos extinga.


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El tipo que cuenta con los dedos

Si alguna vez se cruzan con un hombre

absorto mientras cuenta con los dedos

y pierde la mirada en una nube,

quizás estén delante de un poeta.

 

Habitan en lugares imprevistos

y no es su proceder parasitario;

en ellos todo ocurre en otra parte

a veces alejada de sus cuerpos.

 

No teman, no resultan peligrosos,

no más que cualquier otro transeúnte;

ni más que los que braman a su móvil

y nunca gastarán una sonrisa.

 

Ya sé que se pensaban extinguidos

pero ellos se propagan por esporas;

germinan en cabezas algo extrañas

que siempre atesoraron una lumbre

 

Por eso, si se cruzan con un tipo

absorto mientras cuenta con los dedos

no deben intentar despabilarle

pues puede que algún día sea yo.

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Noviazgo

 Vivimos un noviazgo singular

las tardes con permiso de visita;

yo hacía de un amante casi anónimo

y tú de la mejor madre del mundo.


Flotabas sosegada en las lagunas

recónditas y turbias de tu mente

pensando que yo no era mal muchacho

e incluso resultaba familiar.


Y así, yo me colgaba en tu sonrisa

fingiendo ser tu iluso pretendiente,

llevándote en volandas por el brazo

y hallando a una mujer desconocida.


Y luego, al transcurrir una semana

de nuevo comenzaba desde cero;

forjaba en el cortejo una costumbre

y tú te divertías tan feliz.


Una última ocasión de descubrirte

tan libre de ataduras y complejos;

sin duda fue el mayor de los regalos,

que nunca se corrompe ni prescribe.


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Le ruego, señorita

Le ruego, señorita, que se abstenga

de hacer que la respire de sus poros;

poseo un corazón desguarnecido

que puede malherirse en ese afán.

 

Le ruego que no siembre su entusiasmo

en esta piel vencida por el tiempo,

en este aglomerado de tejidos

quebrados por la miel y la derrota.

 

Le ruego, por favor, no me sonría,

no abuse de mis armas descarnadas

ni vierta en mis desagües su dulzura.

 

No anide en mi semblante ni me aborde;

pues sé que si me arranca un solo gesto

mañana hará terríficas crueldades.


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Catanas

Conviene no ir clavando la catana

en carnes tan altruistas como ajenas

y luego no ir pidiendo con sonrojo

las llaves de un perdón de mercadillo.

 

Conviene, sobre todo por lo incómodo

no ya de andar lidiando con las culpas;

más bien de constreñir cada hemorragia

producto de los cortes a destajo.

 

Conviene respirar profundamente,

contar del uno al diez si tiene estudios

y puede que ingerir alguna tila.

 

Conviene cualquier acto inofensivo,

sistemas de apertura retardada

que eviten el reguero de cadáveres.


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Amor

  No espero portentosos malabares,

ni muestras de gimnástico equilibrio;

No espero inesperados polvos mágicos

ni métodos de impulso tecnológico.

No espero sumisión ni mansedumbre,

ni el brillo de intelectos catedráticos;

no espero ningún físico modélico

ni atisbos de una afable santidad.

Tan solo unos latidos simultáneos,

un tiempo para fresas y manzanas

y un ímpetu entusiasta y compartido.

Un pálpito que augure que es posible

la súbita existencia de un amor

que asiente en una eterna primavera.

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Un minuto de silencio

 Un minuto de silencio,

una historia de sigilo,

una eterna discreción,

un segundo de mudez.

Siete vidas sin sonido,

mil eones de sosiego,

un instante entre la calma,

casi un siglo de afonía,

para decir que te quiero

y tú, con auriculares.


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